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Dos veces junio:
El lunes 17 de junio de 9 a 11 de la mañana, vendrá el escritor Ariel Idez a charlar sobre su novela “La última de César Aira”.
Asimismo, el lunes 24 de junio, en el mismo horario, nos visitará Martín Kohan para hablar, entre otras cosas, acerca de su novela “Dos veces junio”.

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Taller de Expresión I

Cátedra Cortés

“La carrera de Comunicación y su influencia en la literatura contemporánea”

Charla a cargo del escritor Ariel Idez

Lunes 17 de Junio a las 9:00 hs.

Aula 7

Están todos invitados.

 

“La Carrera de Ciencias de la Comunicación y su influencia en la literatura contemporánea”, por Ariel Idez

Buenos días, en primer lugar quería agradecerle a Marina Cortés por la invitación y por gestar este encuentro con ustedes y este regreso a la Carrera de Comunicación, aunque, como diría el gran pensador argentino Aníbal Troilo, “nunca me fui, siempre estoy llegando”: en dos años se van a cumplir veinte de mi ingreso al CBC, en 1995. En el 2005 terminé de cursar, después de un año sabático, durante todo el 2006 estuve investigando y escribiendo la tesina, que defendí en el 2007 (sí, escucharon bien, once años después de haber ingresado a la carrera) en el 2008 me sumé a un grupo de estudio sobre la crónica coordinado por Osvaldo Baigorria, en el 2010 empecé una maestría en Comunicación y Cultura en este edificio, por entonces con las paredes blancas y olor a nuevo y en el 2011 me sumé al equipo docente del Taller Anual de la Orientación Periodística. Puedo darme el lujo de afirmar que transité los pasillos de todas las sedes que tuvo la carrera: en Marcelo T. de Alvear, a la vuelta de la Facultad de Medicina, en Ramos Mejía (a una cuadra del Parque Centenario) y ahora, del otro lado del mostrador, en esta nueve y esperemos que definitiva sede Consti de Santiago del Estero.

Quisiera que empecemos con una confesión para entrar en confianza: durante el año lectivo se me hace bastante difícil escribir. No es que no quiera (diría que es lo que más quiero en el mundo) pero la vida de un adulto más o menos responsable está plagada de compromisos y responsabilidades, así que muchas veces lo que hago es inventarme un compromiso, una consigna que me fuerce a escribir: “si las obligaciones no te dejan escribir convierte a la escritura en una obligación”, como un contrabando del deseo en el baúl de las responsabilidades. Hace unas semanas Marina me escribió y me pidió un título para este encuentro (que me daría pudor llamar “conferencia”) y entonces yo pensé en proponerle un título exagerado y ambicioso que me obligara después a escribir algo que lo aclarara, lo ampliara o al menos intentara explicarlo, así que escribí el título de esta charla: “La Carrera de Comunicación y su influencia en la literatura contemporánea” y ahora, sentado en un bar (bueno, ahora que leo estoy sentado en un aula de la facultad, pero ahora que escribo estoy en un bar de Pacífico) pienso y le doy vueltas a ese título y me digo: “En qué lío te metiste, cómo vas a hacer para explicar algo tan etéreo e inasible como la influencia de una carrera universitaria sobre el estado de la literatura de un país en un momento dado”. No obstante, a mayor desafío, mayor obligación y a mayor obligación, más escritura, que era lo que en definitiva quería. Lo primero que se me ocurre es contarles cómo me hice escritor, cómo me hice lector y cómo empecé esta carrera y, si tengo razón, estos tres relatos deberían confluir en uno solo (y de paso y como quién no quiere la cosa trafico la idea de que yo formo parte de ese ente amorfo que damos en llamar “literatura contemporánea”).

Veamos, ¿qué me trajo a esta carrera? ¿Cómo aparecí, un día, sentado como ustedes están hoy en un aula en la que señores y señoras hablaban de la Escuela de Frankfurt, Levi-Strauss y la Mass Comunication Research? Haciendo memoria diría que hubo dos motivos fundamentales:

Una chica que me gustaba y las matemáticas.

Paso a explicarles: yo estaba haciendo un curso de orientación vocacional cuya gran revelación consistió en que lo mío era la rama “Humanística” y que no podía soportar una oficina (obvio, porque yo mismo se lo dije al coordinador del curso).  Corría el año 1994 (me encanta decir “corría el año…”). Yo compartía el viaje en colectivo al curso con una compañera del secundario de esas que nunca te dan bolilla pero se rebajan a dirigirte la palabra cuando te encuentran en otro contexto. Y un día, colgados del pasamanos ella me contó que había decidido inscribirse en Comunicación. Su argumento era inapelable:

_No tiene matemáticas en el CBC.

Además, como beneficios adicionales, me contó que “podés hacer periodismo o publicidad, o por ahí alguna otra cosa”. Es decir, era una carrera que permitía aplazar esa decisión fatal de tener que ser algo en la vida ¡A los 17 años!

Así que me inscribí y empecé Comunicación en 1996, sin saber muy bien lo que me esperaba, ni lo que yo esperaba de la carrera. Ese año cursé Taller 1 y yo sé que va a sonar extraño en una charla de una materia justamente llamada “Taller 1” pero sinceramente no conozco otra carrera que reciba a sus alumnos con un taller anual de escritura creativa. Yo esperaba un curso rígido en el que me enseñaran los rudimentos del oficio periodístico: cómo componer cabezas informativas, medir los caracteres por párrafo, la información por línea, etcétera y resulta que me encontraba con un taller en el que me invitaban a escribir con un margen de libertad inusitado. Mi docente se llamaba Liliana Lotito (ahora creo que ya se jubiló). Me acuerdo que el primer ejercicio que dio fue escribir un texto autobiográfico de presentación. Para ese entonces mis antecedentes en la escritura no pasaban de un reprobado en redacción en segundo año (juré vengarme de esa profesora convirtiéndome en un escritor famoso sólo para contar que me había reprobado cuando niño) y un diez en una composición de tercer año en la que hablaba proustianamente del aroma de las tostadas y la infancia (sin conocer a Marcel Proust, por supuesto).  El punto es que mientras escribía ese texto de presentación (la profesora nos había dado varios textos de ese estilo para que tomáramos como modelo) sentí algo que me resulta difícil precisar, ¿cómo podría explicarlo? Cuando mis amigos me preguntan por qué no juego más al fútbol, les contesto que ya no puedo soportar la distancia que se abre entre el proyecto y su ejecución: yo proyecto una jugada en la que amago ir para un lado y voy para el otro, desairando a mi marcador, después le gano a otro en velocidad, cuando me sale el arquero lo gambeteo dejándolo tirado en el suelo y empujo suave la pelota hacia el arco vacío, pero cuando intento ejecutar todo esto me trastabillo y me caigo mientras impiadoso algún integrante del equipo contrario grita: “a ese dejalo que se marca solo”. Asi que bien, digamos que en la redacción de ese ejercicio sentí que no había tanta distancia entre el proyecto y el acto, que la escritura me salía bastante parecida a la manera en que la proyectaba en mi cabeza y que el resultado no me desagradaba del todo, para qué ser modestos, ¡me encantaba! Entregué ese primer ejercicio convencido de que sería devuelto con la máxima calificación pero a la semana siguiente el trabajo volvió lleno de marcas y correcciones y ahí comprendí que tenía un largo camino por delante, que había mucho, todo por mejorar, pero aquella sensación única y hasta entonces desconocida, eso que había sentido, nadie me lo podía sacar, nadie me lo saca, es lo que siento ahora mismo mientras escribo estas líneas y es como estar habitando en el mejor de los mundos posibles, en el que, aunque sea por un rato, todo puede suceder y todo lo que suceda depende de uno, ahí queda atrás el arquero, mordiendo el pasto, ahí empujo suave la pelota con rumbo de gol.

Pero sucedió algo más en esa materia, tan trascendente como lo anterior, y fue que la profesora nos dijo que tendríamos que leer varios libros a lo largo del año; libros con nombres extraños cuyos títulos todavía recuerdo: Nocturno hindú, de Antonio Tabucci, El amante, de Marguerite Duras, algunos cuentos como Cinegética de Haroldo Conti, Sombras detrás de un vidrio esmerilado de Juan José Saer, los relatos del libro Los oficios terrestres de Rodolfo Walsh y otros que ya no puedo traer a la memoria. Todos estos libros no tenían otra cosa en común que el hecho de que le gustaban a la profesora. ¡A la mierda! Pensé, estamos en un orden que se rige por el gusto, un programa dictado por el principio de placer. Y empezó a suceder que después de leer cada uno de estos libros me daban ganas de escribir como ese autor (era como si me hubiera convencido de que así había que escribir, e incluso a veces me sorprendía pensando con el “estilo”, con la sintaxis, con la gramática de ese escritor, como si llegara a meterse en mi cabeza y dictar mis pensamientos). Y entonces sucedía que cuanto más leía más y mejor escribía y cuanto más escribía más quería leer, era el comienzo de un inagotable círculo virtuoso. Incluso me acuerdo de un ejercicio en el que tenía que elegir uno de esos libros y escribir una parte que no existiera, con el mismo estilo del autor. Me acuerdo que elegí  El amante, porque me había sorprendido la técnica narrativa de Marguerite Durás y recuerdo también que mientras redactaba ese ejercicio sentí como si ese texto lo estuviera escribiendo otro a través mío, como si yo fuese un médium, un instrumento para transcribir la voz de otro y escribir algo que yo por mi cuenta no podría y muchas veces en el futuro volvería a experimentar esa sensación, en los momentos más felices de mi “trabajo literario” y así fue que cuando terminé de leer todos esos libros que me demandaba la materia, fui por otros libros, por más libros, y un libro me llevaba a otro, como las lianas a Tarzán. Una de las más grandes satisfacciones de la lectura es que su materia prima es inagotable y superabundante (y bastante barata, por cierto). Cuando terminé la materia Taller de expresión 1 la triple alianza entre escritura, lectura y experiencia estaba conformada y ya no se disolvería. No podría imaginar una vida sin escritura pero muchísimo, muchísimo menos una vida sin lectura (supongo que sería como el infierno). Así que les advierto: la lectura es un viaje de ida. Desde entonces siempre cargo con al menos dos libros, o dos textos: el obligatorio (que en la época de la facu eran los cuadernillos de apuntes) y el de placer, elegido por el único y arbitrario principio del gusto.

¿Explico con todo esto cómo la Carrera de Comunicación influencia la literatura contemporánea? Creo que no, y creo que en lugar de hablar de la Carrera o de la Literatura Contemporánea he hablado de mí mismo (de todas formas váyanse acostumbrando, yo creo que un escritor, de una forma o de otra no hace otra cosa que hablar de sí mismo). En primer lugar les quiero decir algo que les dije a mis alumnas de taller literario en su primera clase.

Dos

A mis dos alumnas de taller literario, quiero decir.

A ellas dos les dije en su primera clase: “No creo en la enseñanza de la literatura”. Es decir, no creo que la literatura pueda ser materia de ninguna enseñanza. Sí creo que se puede orientar, se pueden facilitar lecturas, se pueden aprender técnicas, se puede incentivar, se puede ayudar a que cada uno descubra su voz pero qué y cómo escribir es algo que en mi opinión cada uno tiene que descubrir por cuenta propia, a través de un camino plagado de dificultades como el ascenso a una montaña o en la iluminación repentina del monje zen mientras barre el suelo del tempo, no me interesa, sólo digo que no creo que eso pueda enseñarse. Por eso desconfiaría, a priori, de toda carrera que se propusiera como objetivo formar escritores. Para mí los escritores no son producto de ninguna formación sino más bien de diversas deformaciones. Tal vez de ahí la decepción de los jóvenes que se inscriben en la carrera de Letras soñando con una carrera literaria y se encuentran con docentes que les dicen que dejen sus poemas guardados en los bolsillos en los que los trajeron. Por lo tanto, yo pienso que una carrera sólo podría facilitar la vocación y la producción literaria de algunos alumnos si estuviera bastante alejada de esas intenciones y si los escritores le brotaran como accidentes fortuitos, como esos experimentos que salen bien al salir mal: a un científico se le cae un pan con hongos sobre un cultivo bacteriano y descubre la penicilina, un laboratorio prueba un nuevo remedio para la presión arterial y descubre la piedra filosofal de la virilidad masculina, el Viagra.

Describamos entonces el experimento: tómese miles de jóvenes a mediados de la década del noventa y sométaselos al cursado de una carrera que combina altas dosis de teoría con práctica, a lo largo de la cual estos jóvenes adquirirán destrezas que van desde el dominio de técnicas de edición audiovisual al posmarxismo lacaniano de Althusser, en la que se formarán con textos de Theodor Adorno sobre la aniquilación de la subjetividad a través de la alienación televisiva y después se dirigirán a un estudio de televisión para aprender a ponchar cámaras con el director de un canal de aire, en la que se inscribirán en una materia que se llama “Diseño Gráfico” que los formará como expertos en la fenomenología de Merlau Ponty. ¿Cómo resultará la cabeza de estos jóvenes al terminar la carrera? ¿Cómo analizarán los fenómenos que quieran estudiar? ¿Qué tipo de producciones realizarán en el área en el que se inserten?

Así que, voy a decirlo, los escritores que surgimos de la carrera de comunicación entre quienes puedo mencionar a Pablo Katchadjián, Mauro Lococo (ambos docentes de esta materia), Esteban Castromán (que además dirige una editorial llamada Clase Turista), Leticia Martin (que además fundó una revista llamada Nadie quiere morir) Agustina Paz Frontera (que acaba de publicar su tesina en una colección de novela) Maximiliano de la Puente (dramaturgo) y entre quienes sin falta de pudor me incluyo, somos algo así como el resultado de un experimento que salió mal y, por eso mismo, se volvió mucho más interesante. Siempre me gustaron las historias de superhéroes, sobre todo la génesis de esos personajes, que muchas veces tiene que ver con experimentos que salen mal: nuestro héroe es un tipo común y corriente que trabaja en un laboratorio o visita uno y, de repente, algo sucede: hay una explosión, o lo pica una araña radioactiva, o cae un rayo, o es sometido a una sobredosis de rayos gamma. La cosa es que el tipo no muere, y no solo eso, sino que sobrevive para descubrir que ha adquirido poderes especiales, únicos. ¿Y qué poderes adquiere un estudiante de Comunicación que logra sobrevivir a la carrera? En primer lugar una cultura general impresionante, que lo torna invencible en cualquier torneo del Carrera de Mente (salvo que compita contra otros estudiantes de Comunicación) y sabemos que es requisito de un escritor saber mucho sobre algo o saber algo sobre mucho. En segundo lugar un egresado en Comunicación tiene la capacidad de observar un fenómeno cualquiera desde muchos puntos de vista, como esas cámaras de los juegos 3D que se desplazan, giran, suben y bajan, porque la carrera está atravesada por distintas escuelas de pensamiento, marcos teóricos diferentes e incluso enfrentados y eso por no hablar de la doble perspectiva teórico-práctica que brindan los talleres. Mientras otras carreras  forman egresados que siguen analizando sus “objetos de estudio” en perspectiva 2D los egresados de comunicación abordan objetos de estudio en escala tridimensional. Además, nunca podremos predecir qué es lo que va a pensar un egresado en Comunicación. No digo que los comunicólogos piensen genialidades, simplemente que no podemos anticipar cómo van a encarar un problema, pueden salir con cualquier cosa, son, somos, impredecibles, y esto, en literatura, al menos, está considerado una virtud.

Y ahora me doy cuenta que hablé mucho de mí (que no era ni siquiera un tema de la charla), que hablé bastante de la carrera y que no dije prácticamente ni una palabra de la Literatura Contemporánea. Y yo creo que lo dejé para el final porque cada vez que escuchamos a un señor o una señora decir “La literatura contemporánea es…” o “El cine contemporáneo es…” o “La música contemporánea es…” nos agarran unas incontenibles ganas de bostezar y poner nuestro cuerpo en posición horizontal para dejarnos ganar por una ensoñación que, quién sabe, tal vez nos diga más sobre el arte contemporáneo que las palabras que ese señor o esa señora arroja desde el escenario. Así que procuraré ser breve en este punto: No sé lo que es la literatura contemporánea, ¿quién sabe? Tal vez ustedes sean la literatura contemporánea, o algunos de ustedes lo sean en el futuro, pero no quiero que se sientan estafados, me veo en la obligación de decir algo, así que voy a decir: si es algo, la Literatura Contemporánea es ante todo un conjunto de prácticas llevadas adelante por un colectivo de sujetos que se definen a sí mismos como escritores y que suelen tener en común cierta juventud (o cierto espíritu juvenilista) el hecho de publicar sus textos a través de editoriales independientes que muchas  veces ellos mismos han fundado o con las que colaboran y que conforman redes de socialización en las que la experiencia de la práctica literaria no se agota en la publicación de un libro sino que se articula con otro tipo de actividades como lecturas, ferias de libros independientes, actividad en redes sociales, programas de radio en FMs alternativas u online y creación y/o participación en revistas en papel y online de y sobre literatura. Es decir, el “escritor contemporáneo” ya no es un tipo encerrado en una habitación oscura fumando como un escuerzo frente a la máquina de escribir mientras compone, en la más absoluta soledad y concentración su “gran novela”. Es una persona como ustedes, como yo, que puede publicar un cuento inédito en una revista online, una reseña en el suplemento cultural de un diario de circulación nacional, un adelanto del comienzo de la novela que acaba de empezar a escribir en su muro de Facebook, que es capaz de fundar su propia editorial si ninguna se decide a publicarlo (en lugar de deprimirse y suicidarse, como los escritores románticos) y que a la noche puede coordinar un ciclo de lecturas en un centro cultural al que invita a otros escritores como él, que le gustan y que quiere difundir para que lean sus textos ante un público reducido pero entusiasmado por escucharlos.

Pero hay algo más, y les prometo que es lo último, y se trata de un “estado” que yo creo que la literatura comparte con todo el arte contemporáneo y que ha recibido muchos nombres: hibridación, cruza, posautonomía y que, palabras más, palabras menos consiste en la disolución de las fronteras que separaban los géneros y las disciplinas artísticas: ante muchos textos de la “Literatura contemporánea” ya no sabemos si estamos leyendo una novela, un ensayo, una crónica, una autobiografía o todo al mismo tiempo (y a estos fines yo les recomendaría el libro Sobre Sánchez de Osvaldo Baigorria) pero también, lo que es más, se disuelven incluso las fronteras que separaban a las artes unas de otras: entonces vamos a ver una obra de teatro y nos proyectan una película, vamos a ver un documental y parece una crónica literaria, asistimos a una exposición de artes plásticas y de repente nos encontramos en medio de una puesta en escena teatral y la literatura no es indiferente a esta tendencia. Pablo Katchadjián, para no irnos de esta facultad y de esta charla (¡y de esta cátedra!) ha producido textos maravillosos aplicando técnicas de las artes plásticas y la música experimental a textos canónicos de la literatura argentina (hablo del Martín Fierro ordenando alfabéticamente y El Aleph engordado).

Y entonces, ¿A qué se parece este “estado” de la Literatura Contemporánea”? Este caos creativo atravesado por las nuevas tecnologías de la comunicación, esta mescolanza de técnicas y disciplinas, esta interpenetración de práctica y teoría? Hay un ensayo maravilloso de César Aira sobre un escritor que se llama Copi y que a él lo influyó mucho. Ese ensayo está basado en unas conferencias que Aira dictó en el Centro Cultural Ricardo Rojas. Entonces, en un momento, Aira reflexiona sobre ese lugar y dice: “los cuatro pisos del Rojas hervían de performances, videos, cine, música, pintura, capoeira, teatro, títeres, talleres, seminarios, cursos… Todo lo que se manifestaba parecía contiguo a su propia invención: igual que en la obra de Copi”. Hoy yo quisiera decir que para mí la literatura contemporánea se parece, por un accidente fortuito, a la Carrera de Comunicación Social y por eso los escritores surgidos de esta carrera producen textos que llaman la atención y son valorados en ese campo, porque, de algún modo están, estamos, mejor preparados, mejor adaptados para vivir en ese hábitat. No digo que no vayan a aparecer escritores valiosos e interesantes provenientes de otras carreras o de otros ámbitos (nunca se sabe dónde va a surgir un escritor, aunque suelen aparecer donde menos se los espera, es una de las cosas más apasionantes de la literatura). Tampoco digo que los autores que han, que hemos surgido de la Carrera de Comunicación no nos hubiéramos hecho escritores de no haber pasado por esta formación académica, simplemente digo, quiero decir, que de no haber estudiado Comunicación no habrían, no habríamos escrito lo que escribimos cómo lo escribimos y que, si a fin de cuentas, algo de eso que se escribió resulta tener algún valor para la Literatura Contemporánea y, ojalá, para la Literatura en general, la Carrera de Comunicación tiene algo que ver con eso.

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Audio charla Ariel Idez 1

Audio de la charla de Martín Kohan: Martin Kohan _comp32

Taller de Expresión I

Cátedra Cortés

“La construcción del narrador

en Dos veces junio, Cuentas pendientes y Bahía Blanca

Charla a cargo del escritor Martín Kohan

 Lunes 24 de Junio a las 9:00 hs.

Aula 7

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Taller de Expresión I

Cátedra Cortés

“La escritura de una investigación,

en Sobre Sánchez

Charla a cargo del autor: Osvaldo Baigorria

 Lunes 21 de Octubre a las 19:00 hs.

Aula 307.